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Puerto de la Cruz » Historia

La tradición del turismo en Puerto de la Cruz es tan dilatada que algunos escritores han llegado a decir que esta ciudad siempre ha sido turística. Diego Guigou, prestigioso médico que fuera cronista oficial, era de la opinión de que el Puerto fue la cuna del turismo en España. Para él, el Puerto fue siempre turístico. Y de hecho, desde mucho antes de que se inventase lo que hoy conocemos por turismo, y antes también de que las islas Canarias fueran conquistadas para la Corona de Castilla, los guanches, los aborígenes de la isla, se trasladaban en invierno a la costa del Valle de La Orotava, concretamente a las cuevas de Martiánez, en busca de una climatología más agradable. La carta arqueológica de Tenerife señala la presencia de un poblado con necrópolis en Martiánez y cuevas sepulcrales en Malpaís (Taoro) y María Jiménez (Punta Brava), lo que testimonia el asentamiento humano en Puerto de la Cruz desde época pre-hispánica. Desde siempre fue un lugar ideal para vivir.

Una vez finalizada la Conquista de la Isla de Tenerife por Alonso Fernández de Lugo, al frente de las tropas castellanas, en 1496, se estableció la capital en La Laguna y se dividió la isla en varios partidos. El partido de Taoro correspondió a la jurisdicción de La Orotava, en cuyo litoral se ordenó construir un muelle, donde dice la tradición que se plantó la cruz de la Conquista. Corría el año 1506. En ese lugar y en ese mismo siglo XVI que aún alboreaba, comenzó a formarse un humilde poblado de pescadores llamado Puerto de La Orotava. Según el investigador Alvarez Rixo, en 1505 contaba con 50 habitantes y un bodegón. Otro destacado investigador local, Antonio Ruiz Alvarez, añade que "en 1588 se llamaba ya Puerto de la Cruz, existía el Puerto Viejo y la Playa de Martiánez", por lo que consideró que el caserío estuvo formado desde finales del siglo XVI.

En el siglo XVII el núcleo primitivo entre el Castillo San Felipe y la batería de Santa Bárbara se amplió hacia Martiánez. Antonio Franchy Lutzardo obtuvo por ese entonces comisión del Ayuntamiento capitalino de La Laguna para "formar población, señalar sitios, arrifar calles y fabricar una iglesia con su plaza" en este sitio, que empezó a fortificar en 1604, pues eran frecuentes los ataques de piratas y corsarios.

Primero fue el monocultivo del azúcar la base de la economía de la comarca y del comercio local. La población empezó a crecer y a ganar entidad propia. El 28 de noviembre de 1648 el Rey Felipe IV dictó una Real Cédula que se considera la carta fundacional de la Ciudad. Entró en vigor el 3 de mayo de 1651 y significó la constitución de Puerto de la Cruz como entidad local diferenciada de La Orotava.

La destrucción del puerto de Garachico en 1706 a consecuencia de una erupción volcánica, convirtió a Puerto de la Cruz en el principal puerto de la Isla. Tal fue su importancia que el propio Rey Felipe IV lo llamó "llave de la isla", y así quedó simbolizado para siempre en el escudo del municipio. Se abrió en ese momento la época más importante de la historia de la Ciudad, desde los puntos de vista económico, social y cultural. En este período fue fundamental el vino, cuyo comercio constituyó el principal motor de desarrollo durante los siglos XVII y XVIII. El crecimiento económico trajo consigo enfrentamientos políticos entre la aristocracia orotavense y la buguesía comercial del Puerto, interesada en lograr la independencia municipal, que finalmente se alcanzó en 1772, coincidiendo con el "siglo de oro" de la cultura portuense.

Según cuentan los cronistas, fue a finales del siglo XIX cuando visitaron el Puerto los primeros "excursionistas". Desde Gran Bretaña, llegaban a la Isla a bordo de los vapores de las compañías fruteras. Entonces como ahora, la benignidad del clima primaveral y la belleza del paisaje eran las dos razones principales que recompensaban la larga travesía atlántica. Al mismo tiempo que aquellos primeros excursionistas -que no turistas-, comenzó a ser cada vez más frecuente la presencia de científicos y viajeros acaudalados. Muchos cruceros de lujo, de paso hacia El Cabo, Buenos Aires o Australia, solían hacer cortas incursiones en la Isla. No se trataba de un auténtico movimiento turístico, capaz de generar una infraestructura hotelera digna de consideración. Pero aún así, sin apenas advertirlo, la Ciudad fue sentando las bases de lo que a la postre se convertiría en su motor y medio de subsistencia.

Su situación estratégica y clima agradable, atrajo a comerciantes de varias nacionalidades que terminaron asentándose y convirtiéndose en la clase burguesa dominante. Desde el punto de vista demográfico se produjo un crecimiento sin precedentes e irrepetible en la historia de la localidad. En 85 años se pasó de 160 a 200 habitantes. Sin embargo, en 1689 la población ya sumaba 2.605 habitantes, con cerca de 600 edificios de carácter religioso, militar y civil. La eminente escritora cubana Dulce María Loynaz, premio Cervantes, en su libro titulado "Un verano en Tenerife", escribió que "el Puerto de la Cruz era panal de miel al que acudían como enjambre de moscas mercaderes de Indias y de Flandes, armadores de Portugal, mareantes de Génova". Por otra parte, a la centuria siguiente, el Decreto de Puertos Francos de 1852 hizo que muchos turistas que visitaban Madeira -lugar que tenía gran prestigio en los círculos terapéuticos- cambiaran el rumbo de sus vacaciones hacia las Canarias.

En toda Europa se extendió una especie de propaganda sanitaria, a través de multitud de artículos en prensa, guías y folletos. Las importantes compañías fruteras que operaban en Canarias sirvieron de líneas turísticas. Las navieras empezaron a participar en el negocio turístico. Eran los llamados cruceros turístico-fruteros. Las agencias consignatarias, conscientes de la importancia del incipiente movimiento turístico, se esforzaron también en promocionar Tenerife. En ese momento, comenzó la decadencia de Puerto de la Cruz como centro comercial, arrastrado por las crisis de la exportación del vino y, más tarde, de la cochinilla, y por el desarrollo del puerto de Santa Cruz, con mejores condiciones naturales. Empezó la emigración a Cuba y Venezuela.

En la isla se advirtió también que las visitas periódicas de gentes venidas de fuera, del extranjero, podían ser una importante fuente de ingresos. Nuestro clima privilegiado y la belleza paisajística eran un fuerte reclamo. Así se produjo lo que los investigadores denominan "la asimilación social del fenómeno turístico". Fue cuando a mitad del siglo XIX la sociedad portuense, y sobre todo la colonia extranjera aquí asentada, empezó a darse cuenta de lo que tenía en sus manos. La presencia británica, sobre todo, fue decisiva para el arranque definitivo de la industria turística en Puerto de la Cruz y el Valle de La Orotava.

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